Hay personas que pasan gran parte de su vida deseando sentirse queridas.
Desean sentirse vistas.
Desean sentirse comprendidas.
Desean sentirse importantes para alguien.
Y sin embargo, cuando el amor aparece, algo dentro de ellas se tensa.
Dudan.
Desconfían.
Se incomodan.
Se alejan.
Como si una parte de ellas anhelara el amor mientras otra parte no supiera qué hacer con él.
No ocurre porque no quieran amar.
O porque no merezcan ser amadas.
Ocurre porque muchas veces hemos aprendido a sobrevivir antes que a recibir.
Cuando una persona ha crecido sintiendo que debía esforzarse para obtener cariño, atención o aprobación, puede desarrollar una idea inconsciente:
«Para ser amado tengo que hacer algo.»
Tengo que ayudar.
Tengo que cuidar.
Tengo que demostrar.
Tengo que complacer.
Tengo que ser útil.
Entonces el amor deja de sentirse como un regalo.
Y empieza a sentirse como una responsabilidad.
Por eso algunas personas se sienten más cómodas dando que recibiendo.
Dar les resulta familiar.
Controlable.
Seguro.
Pero recibir las deja expuestas.
Recibir implica confiar.
Implica bajar las defensas.
Implica permitir que alguien llegue a lugares que llevamos años protegiendo.
Y eso puede dar miedo.
Mucho miedo.
Porque recibir amor también despierta nuestras heridas.
La herida del rechazo.
La herida del abandono.
La herida de no sentirse suficiente.
Cada gesto de amor toca esas zonas sensibles.
Y por eso a veces reaccionamos alejándonos justo cuando más cerca estamos de aquello que necesitamos.
Sin embargo, sanar no consiste únicamente en aprender a amar.
También consiste en aprender a recibir.
Recibir un abrazo.
Un cumplido.
Una ayuda.
Una muestra de cariño.
Un gesto de cuidado.
Sin sentir que tenemos que devolver algo inmediatamente.
Sin sentir deuda.
Sin sentir culpa.
El amor sano no es una transacción.
No se gana.
No se compra.
No se merece.
Se recibe.

Quizás hoy puedas hacerte una pregunta sencilla:
¿Me permito recibir con la misma facilidad con la que doy?
Y si la respuesta es no, no pasa nada.
Tal vez solo estés aprendiendo algo nuevo.
Tal vez tu corazón esté descubriendo que no siempre tiene que luchar para ser amado.
Que no siempre tiene que demostrar nada.
Que a veces basta con abrir las manos.
Y permitir que el amor llegue.
Porque eres digno de amor incluso cuando no estás haciendo nada para ganártelo.
Y quizá esa sea una de las lecciones más difíciles y más hermosas de toda una vida.

