Hay un momento —casi siempre silencioso— en el que la vida nos invita a aflojar las manos.
No porque hayamos hecho algo mal, sino porque hemos estado sujetando demasiado fuerte.
Soltar planes, expectativas, personas o ideas de cómo deberían ser las cosas no es rendirse.
Es escuchar.
Es dejar de empujar el río y permitir que el agua nos lleve donde el cauce ya sabe ir.
Nos educaron para planificar, controlar, prever. Para creer que si pensamos lo suficiente, si nos esforzamos un poco más, si insistimos con la dosis justa de voluntad… todo encajará.
Pero la vida —sabia, orgánica, indomable— no funciona como una hoja de Excel.
Funciona como un bosque.
Como un latido.
Como una respiración.
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Cuando algo se va, no siempre es una pérdida
Desde una mirada espiritual profunda, lo que no es para nosotras no se sostiene en el tiempo.
Puede acercarse, quedarse un rato, enseñarnos algo… pero no echa raíces.
Y cuando se va, duele. Claro que duele.
Porque no solo se va lo que era, sino también lo que imaginábamos que podía llegar a ser.
El dolor inicial no es señal de error, sino de humanidad.
No lloramos porque aquello fuera perfecto, sino porque habíamos depositado esperanza, ilusión, proyección.
Las tradiciones espirituales coinciden en algo esencial:
> la vida no quita, recoloca.
Lo que se cae estaba ocupando un lugar que no le correspondía.
Y hasta que no queda vacío, lo verdadero no puede llegar.
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El cerebro también necesita soltar
Desde la psicología y la neurociencia, soltar expectativas tiene un impacto profundo y medible.
El cerebro humano busca predictibilidad. Las expectativas son, en el fondo, una forma de reducir incertidumbre. El problema aparece cuando confundimos expectativa con realidad, y nos aferramos a un guion interno rígido.
Cuando la realidad no coincide con ese guion, el sistema nervioso entra en estrés:
Se activa la amígdala (alerta, miedo, amenaza).
Aumenta el cortisol.
Aparecen la rumiación, la ansiedad y la frustración.
Soltar no es dejar de desear.
Es dejar de exigirle a la realidad que cumpla un contrato que nunca firmó.
La flexibilidad psicológica —clave en la salud mental— se basa justo en esto:
adaptarnos sin rompernos, reajustar sin castigarnos.
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Fluir no es pasividad: es inteligencia emocional
Fluir con la vida no significa “me da igual todo”.
Significa escuchar con atención lo que la vida nos está mostrando.
Hay una gran diferencia entre:
Forzar una puerta cerrada
y
Reconocer que ese no era el camino.
La ciencia del bienestar habla de un concepto precioso: aceptación activa.
Aceptar no es resignarse.
Es dejar de pelear con lo que ya es, para poder actuar desde la calma.
Cuando soltamos planes rígidos:
El cuerpo se relaja.
La mente se vuelve más creativa.
Aparecen soluciones que antes no veíamos.
Porque la rigidez estrecha la mirada.
La fluidez la expande.
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Lo que es para ti no te genera guerra interna constante
Hay una señal silenciosa, pero muy fiable:
lo que es para ti, aunque tenga retos, no te desgarra por dentro todo el tiempo.
No exige que te traiciones.
No te pide que te encojas.
No te mantiene en un estado permanente de lucha.
Lo que no es para ti suele venir acompañado de:
Justificaciones continuas.
Esperar a que “cambie”.
Sensación de ir a contracorriente.
Cansancio del alma.
Cuando algo se va, a veces la vida está diciendo:
“Ya no necesitas aprender más desde aquí”.
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El duelo de soltar también es sagrado
Soltar merece duelo.
Tiempo.
Respeto.
Espiritualmente, cerrar un ciclo es un acto de amor.
Psicológicamente, es una integración necesaria.
Negar el dolor lo enquista.
Permitirte sentirlo lo transforma.
Y poco a poco ocurre algo casi imperceptible:
el apego se afloja…
la respiración se amplía…
y el corazón recupera espacio.
No porque olvides, sino porque comprendes.
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Fluir es confiar en una inteligencia mayor
Desde una mirada más profunda, fluir es un acto de confianza radical:
confiar en que la vida ve más que tu miedo.
Más que tu urgencia.
Más que tus planes a corto plazo.
Hay algo —llámalo conciencia, vida, amor, orden natural— que sabe recolocar las piezas mejor de lo que nuestra mente ansiosa puede imaginar.
Cuando dejamos de controlar cada detalle, no perdemos poder:
recuperamos presencia.
Y desde ahí, la vida no se empobrece.
Se vuelve más honesta.
Más ligera.
Más viva.
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A veces, soltar es el mayor acto de amor propio
Soltar es decirte:
“No necesito forzar para merecer”.
“No tengo que quedarme donde no florezco”.
“Confío en que lo que venga será más verdadero”.
Y aunque al principio duela, luego llega algo profundo y silencioso:
una paz que no depende de que todo salga como pensabas.
Fluir con la vida no es que todo sea fácil.
Es que deja de ser una guerra.
Y ahí —justo ahí— empieza algo nuevo.
Algo más alineado.
Más tú.
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Equilibrio
Ansiedad, miedo, temores (in) fundados
Cuando todo se tambalea
Cuando los mismos cimientos tiemblan
Y notas dos ríos por ojos
Que quieren ir al mar
Pero les mandas seguir secos
Ese momento de controlarnos es esencial
No permitir que las emociones me colapsen, me dominen
Amigo miedo: te noto y te agradezco por tus cuidados
Pero no me hagas ver escenarios
Que no deseo ni preveo
Solo adviérteme, pero suavecito
Para que sigamos todos bien
Que no hay regalo más preciado
Que la propia existencia
Gracias por mi vida
Gracias por mi salud
Gracias por mi familia
Gracias por estar aquí
La neblina
Hay días que la cabeza parece estar rodeada por una nube gris que no permite ver las cosas con claridad. Que todo es un mundo lleno de agobios, que el peso que cae sobre los hombros es demasiado pronunciado para poder tomar la vida con alegría.
El trabajo, la lista de tareas pendientes, el desorden vital, en el hogar, en la familia, las llamadas pendientes, los deseos… todo se amontona y se convierte en un torbellino arrollador, que no permite pensar con coherencia, ni sentir las cosas en su magnitud correcta.
Es necesario pararse a pensar, a sentir, a escribir, a estructurar las ideas, las cosas por hacer anotarlas, los deseos por cumplir sopesarlos con los cumplidos, para que la ambición inacabable del ego no nos queme. Pararse a analizar y darle argumentos a esa neblina para ver que los quehaceres ni son insalvables, ni son tan numerosos. El cerebro parece tiene una tendencia o capa de auto exageración, de dramatización, de auto protección excesiva, que ante cualquier reto, nos plantea una amenaza enorme. Nos busca y crea problemas, que muchas veces son inexistentes.
Sí, vale, hay cosas por hacer. Pero si ordeno las ideas y las hago, una tras otra, me doy cuenta de que no eran tan difíciles ni pesadas, que esas 4 llamadas por gestiones pendientes eran muy sencillas, solo se trataba de hacerlas en lugar de postergarlas y sumarlas al peso y barullo de mi neblina.
Además: ¿quién me dice que no voy a poder hacer las tareas bien? ¿por qué yo no? ¿qué tengo de malo? Si rascamos una capa mental más al fondo, muchas veces encontramos, un sesgo mental de «no sé, no puedo hacer las cosas, no soy suficientemente buena…». Una falta de amor y auto aceptación, una voz interior que en lugar de sumar, nos resta, nos dice que no vamos a saber hacerlo, no nosotros. ¿Y quién sí? ¿los demás, nuestros padres? Me gusta escribir para plantear la preguntas necesarias a esta negatividad. Y darles la respuesta: si los demás has podido aprender, seguramente yo también podré hacerlo.
También hay otra capa mental más sumada a la neblina: los problemas, los deseos, las preocupaciones constantes vitales. Sumado a todo el popurrí, solemos o suelo llevar un ruido mental añadido. Las distorsiones de la felicidad, esas pequeñas o grandes cosas que me ocupan la mente de forma poco constructiva. Los juicios sobre mi propia vida, al igual que los de mi auto concepto sobre mi propio ser, no suelen ser muy acertados. En lugar de observar y agradecer por lo bueno, nos pasamos media vida o más pensando en lo que no nos gusta, en lo que nos gustaría que fuera diferente o más perfecto.
¡¡¡¡¿?Pero bueno??!!!!… ¿Esa es la máquina mental que me ha tocado? ¿la que nos ha tocado a mucha gente por lo que veo? pues habrá que trabajarla, que tunearla, que hacerse consciente de que todo el pensamiento que pase por mi mente, sobre mí misma, o sobre los demás, o sobre mi vida, sencillamente NO ES CIERTO. Con seguridad, estará sesgado por una visión inadecuada de la vida, no acorde a mi ser auténtico y valores profundos. Si la antena de la radio no funciona bien, la música no llega a sonar. O si la frecuencia es muy corta o baja, quizá no escuche las emisoras que necesito.
Ahora, con esta reflexión matinal, gracias a la inspiración del libro el Camino del artista de Julia Cameron, me voy a poner a hacer las cosas, con otro prisma, con otra visión, otra percepción más feliz sobre mí y sobre mi vida. Yo puedo, yo valgo, yo lo merezco. Ojalá el ego solo nos diga este tipo de pensamientos positivos en adelante a todos los seres. Todos podemos, valemos y lo merecemos. Amemos más nuestra vida, a nosotros mismos y a todos los demás (que no son más que luchadores como nosotras y nosotros, solo que con sus propios sesgos vitales, tan parecidos y tan distintos a los nuestros a la vez).
Inteligencia Emocional: ¿a veces comemos porque no sabemos cómo nos sentimos?
Desde hace años sabemos que existe una inteligencia suplementaria (aparte del CI o Coeficiente Intelectual), que está implicada en la comprensión y la gestión de nuestras emociones. Precisamente es esta forma de inteligencia, la «inteligencia emocional», la que parece poder explicar, mejor que cualquier otra, el éxito en la vida. Y dicha inteligencia es muy
independiente del coeficiente intelectual.
Partiendo de la idea de la inteligencia emocional, investigadores de Yale y de New Hampshire han definido un «coeficiente emocional», que permitiría medirla, alrededor de cuatro funciones esenciales:
1) La aptitud para identificar su propio estado emocional y el de los demás.
2) La aptitud para comprender el desarrollo natural de las emociones (igual que un alfil y un caballo se desplazan siguiendo reglas distintas por el tablero de ajedrez, el miedo y la cólera, por ejemplo, evolucionan de forma diferente en el tiempo).
3) La aptitud para razonar sobre las propias emociones y las de los demás.
4) La aptitud para regular las propias emociones y las de los demás.
Por ejemplo: cuando sentimos cansancio, a veces terminamos comiendo, cuando ello no nos va a reducir la fatiga, sino al contrario, nos incrementará la pereza. Conocer exactamente lo que sentimos y tomar el tiempo de escucharnos, nos ayuda a atendernos mejor, como justamente necesitamos en cada momento.
¿Cuánto dura una emoción?
Hoy solo os invito a conocer mi nuevo canal de Youtube, cuyo video número 1 es este:
¿Sabías que una emoción dura solo 90 segundos? Este video explora la diferencia entre emociones y sentimientos, desvelando cómo las emociones, esos impulsos intensos que sentimos físicamente (palpitaciones, sudoración, tensión muscular), desaparecen de nuestro cuerpo en apenas un minuto y medio. Descubre cómo, a diferencia de las emociones, los sentimientos pueden persistir durante años, alimentados por nuestros pensamientos y recuerdos. ¿Por qué podemos cargar con la tristeza, el miedo o la culpa por tanto tiempo? Sumérgete en este fascinante proceso químico y psicológico que define nuestra experiencia emocional. ¡Dale al play y aprende cómo tus pensamientos moldean tus estados de ánimo! Hace ya muchos años me encontré con este vídeo para dormir: https://www.youtube.com/watch?v=hiMGV3ZXcps, y tenía esta reflexión súper interesante sobre cómo funcionan y cuánto duran las emociones en nuestro cuerpo (con todas sus reacciones, hormonas, etc.). Me cautivó tanto que hoy la voy a compartir… Para poder comprender el funcionamiento de nuestro ser interior, es necesario aprender a escucharse y atenderse. Ojalá que este aprendizaje os interese y ayude tanto o más que a mí 🙂
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Transcripción del vídeo:
Sabemos que un sentimiento puede durar años, tanto como el tiempo que dedique nuestro consciente a pensar en ello. Pero, ¿cuánto dura una emoción? Seguro que saber la respuesta. 90 segundos. Sí, un minuto y medio. Pero, ¿qué la hace tan breve? En el momento en el que aparece la emoción, aparecen los síntomas físicos, como dificultad para respirar o palpitación, extensión muscular, sudoración, lógicamente dependiendo de la emoción y del grado de intensidad. El caso es que nuestro cuerpo tarda en reabsorber todas esas sustancias un minuto y medio. 90 segundos después de aparecer la emoción, no queda ni rastro de esos compuestos químicos en el torrente sanguíneo, y desapareciendo estos, desaparecen también sus efectos físicos. Ahora estaba yo pensando cuando hablábamos de las lágrimas. ¿Recuerdas cómo las lágrimas de tristeza nos ayudaban a eliminar las toxinas? Está claro que nuestro cuerpo está diseñado para limpiarse solo de todo lo que le contamina. Sin embargo, y siguiendo el mismo paralelismo, si contaminamos más de lo que podemos limpiar es cuando la cosa se descontrola. Hoy en día para la ciencia quedan muchos cabos sueltos por atar en todo este proceso. Muchas preguntas a las que darles respuesta. Pero esa barrera de los 90 segundos, según parece, es incontestable; sucede realmente. Seguro que te ha pasado alguna vez que alguien ha aparecido de súbito y te ha llevado un susto de muerte. Es terrible y molesto. Y cuando te lo hacen a propósito es todavía más molesto, pero en verdad un minuto y medio después ya no sientes nada, todos los síntomas físicos han desaparecido. Lo que fue miedo lo cuentas como algo jocoso. Claro, tu cerebro pone todo el proceso en marcha, pero ante la ausencia de peligro real, dicho proceso se desvanece y no vuelve a repetirse. Volvamos al ejemplo del encuentro de esta mañana. Mientras estabas con esa persona, los estímulos continuaban ahí, por lo que tu cerebro repetía el proceso una y otra vez liberando sustancias en el cuerpo. Sin embargo, a lo largo del día, cada vez que pensabas en esa persona, el recuerdo hacía que tu cerebro repitiera de nuevo el proceso, es decir, renovaba la emoción. Tus pensamientos fueron los encargados de alimentar la emoción para que a lo largo del día pudieras crear un sentimiento, un estado de ánimo. Bueno, pues el resto de emociones funcionan igual. Ese es el motivo por el que puedes llevar años con la tristeza a cuestas. Renuevas la emoción cada cierto tiempo, y los pensamientos se encargan de crear un sentimiento de tristeza. Y aunque lo llamamos así, en realidad es un estado de ánimo de pesadumbre en el que se mezclan un montón de sentimientos negativos, además de la propia tristeza, como la culpa, el remordimiento, la soledad, la apatía, la desesperanza. Quiero decir que puedes sentir miedo el tiempo que estás delante de un león. El proceso de los 90 segundos se repetirá mientras permanezcan los estímulos. Pero cuando el león ya no está, la permanencia del miedo depende de ti.
