Etiqueta: desarrollo-personal
Te veo #menteinconsciente #crecimientopersonal #tierrallamandohumanos
SUSCRÍBETE para recibir contenidos que cuidan tu alma, tu verdad y tu vida emocional.
https://m.youtube.com/channel/UCOR4Y-NhziOfAdlyv1kyctA?sub_confirmation=1
Hay un cansancio que no siempre se ve.
No deja marcas externas, pero va apagando por dentro.
Es el cansancio de muchas mujeres que son madres y, además, mujeres trabajadoras. Mujeres que aman profundamente, que sostienen hogares, rutinas, emociones, agendas, decisiones… y que, aun así, sienten que poco a poco han dejado de sentirse ellas mismas.
En este vídeo ponemos palabras a una vivencia silenciosa y muy común: la de sonreír por fuera mientras por dentro algo se va congelando. No se trata de falta de amor, ni de gratitud, ni de capacidad. Se trata de un desgaste emocional acumulado que pocas veces encuentra espacio para ser nombrado sin culpa.
Hablamos de la carga mental, de ese trabajo invisible que no descansa nunca. De ser la que organiza, la que recuerda, la que anticipa, la que pone límites, la que cuida, la que sostiene el equilibrio familiar incluso cuando está agotada. De cómo ese rol permanente va ocupando tanto espacio que deja poco margen para la mujer que hay detrás de la madre.
Muchas mujeres llegan al final del día habiendo cumplido con todo… y sin energía emocional para disfrutar. Quieren jugar, conectar, reír, estar presentes, pero ya no pueden hacerlo desde la alegría, sino desde el esfuerzo. Y entonces aparece el dolor silencioso, la culpa, la sensación de no estar siendo “suficiente”, cuando en realidad están dando más de lo que su cuerpo y su corazón pueden sostener.
Este vídeo habla también del enfado que no se expresa, de la desigualdad que se normaliza, de la sensación de llevar lo pesado mientras otros se quedan con lo ligero. No para señalar, sino para hacer consciente. Porque muchas dinámicas no se sostienen por mala intención, sino por inercia, por falta de conversación real, por no mirar de frente el cansancio invisible.
Cuidar a las mujeres no es un lujo, no es algo opcional ni secundario. Es una necesidad profunda. Cuando una mujer se apaga por dentro, toda la familia lo nota, aunque no siempre se sepa poner en palabras. Y cuando una mujer empieza a cuidarse de verdad, todo el sistema familiar se regula, se suaviza y respira mejor.
Este espacio no busca soluciones rápidas ni mensajes vacíos. Busca acompañar, validar y abrir conciencia. Recordarte que no estás rota, que no has perdido quién eres, que no te falta nada. Estás cansada. Y el cansancio emocional también merece escucha, respeto y cuidado.
Si eres madre y te has sentido desconectada de ti misma, este vídeo es para ti.
Si acompañas a una mujer, este vídeo también es para ti.
Escuchar, compartir responsabilidades, mirar con más profundidad y sostener de verdad es una forma de amor consciente.
Aquí no hay exigencias ni juicios. Solo una invitación a mirar con honestidad lo que pesa, a reconocerlo y a empezar a cuidarlo poco a poco. Porque no se trata de aguantar más, sino de sostenernos mejor.
Si este mensaje resuena contigo, compártelo. A veces sentirse vista ya es una forma de sanación.
Déjanos tu experiencia en comentarios si lo sientes. Este también puede ser un espacio de alivio compartido.
Facebook: https://ift.tt/O8rNIEb
Libro en Amazon: https://ift.tt/etJ5dfx
Blog: https://ift.tt/Su96nfz
#tierrallamandohumanos
#madrescansadas
#mujeresquecuidan
#mujerestrabajadoras
#cargamental
#agotamientoemocional
#cansancioinvisible
#saludemocional
#saludmental
#maternidadreal
#maternidadconsciente
#autocuidadoemocional
#bienestaremocional
#equilibrioemocional
#vidaenfamilia
#relacionesconscientes
#parejaconsciente
#crianzaconsciente
#amorconsciente
#sanacionemocional
#mujeresreales
#escucharnos
#cuidarnos
#concienciaemocional
#familia
#vidaemocional
¿Te ha pasado alguna vez…? 🙃
SUSCRÍBETE para recibir contenidos que cuidan tu alma, tu verdad y tu vida emocional.
https://m.youtube.com/channel/UCOR4Y-NhziOfAdlyv1kyctA?sub_confirmation=1
Hay un cansancio que no siempre se ve.
No deja marcas externas, pero va apagando por dentro.
Es el cansancio de muchas mujeres que son madres y, además, mujeres trabajadoras. Mujeres que aman profundamente, que sostienen hogares, rutinas, emociones, agendas, decisiones… y que, aun así, sienten que poco a poco han dejado de sentirse ellas mismas.
En este vídeo ponemos palabras a una vivencia silenciosa y muy común: la de sonreír por fuera mientras por dentro algo se va congelando. No se trata de falta de amor, ni de gratitud, ni de capacidad. Se trata de un desgaste emocional acumulado que pocas veces encuentra espacio para ser nombrado sin culpa.
Hablamos de la carga mental, de ese trabajo invisible que no descansa nunca. De ser la que organiza, la que recuerda, la que anticipa, la que pone límites, la que cuida, la que sostiene el equilibrio familiar incluso cuando está agotada. De cómo ese rol permanente va ocupando tanto espacio que deja poco margen para la mujer que hay detrás de la madre.
Muchas mujeres llegan al final del día habiendo cumplido con todo… y sin energía emocional para disfrutar. Quieren jugar, conectar, reír, estar presentes, pero ya no pueden hacerlo desde la alegría, sino desde el esfuerzo. Y entonces aparece el dolor silencioso, la culpa, la sensación de no estar siendo “suficiente”, cuando en realidad están dando más de lo que su cuerpo y su corazón pueden sostener.
Este vídeo habla también del enfado que no se expresa, de la desigualdad que se normaliza, de la sensación de llevar lo pesado mientras otros se quedan con lo ligero. No para señalar, sino para hacer consciente. Porque muchas dinámicas no se sostienen por mala intención, sino por inercia, por falta de conversación real, por no mirar de frente el cansancio invisible.
Cuidar a las mujeres no es un lujo, no es algo opcional ni secundario. Es una necesidad profunda. Cuando una mujer se apaga por dentro, toda la familia lo nota, aunque no siempre se sepa poner en palabras. Y cuando una mujer empieza a cuidarse de verdad, todo el sistema familiar se regula, se suaviza y respira mejor.
Este espacio no busca soluciones rápidas ni mensajes vacíos. Busca acompañar, validar y abrir conciencia. Recordarte que no estás rota, que no has perdido quién eres, que no te falta nada. Estás cansada. Y el cansancio emocional también merece escucha, respeto y cuidado.
Si eres madre y te has sentido desconectada de ti misma, este vídeo es para ti.
Si acompañas a una mujer, este vídeo también es para ti.
Escuchar, compartir responsabilidades, mirar con más profundidad y sostener de verdad es una forma de amor consciente.
Aquí no hay exigencias ni juicios. Solo una invitación a mirar con honestidad lo que pesa, a reconocerlo y a empezar a cuidarlo poco a poco. Porque no se trata de aguantar más, sino de sostenernos mejor.
Si este mensaje resuena contigo, compártelo. A veces sentirse vista ya es una forma de sanación.
Déjanos tu experiencia en comentarios si lo sientes. Este también puede ser un espacio de alivio compartido.
Facebook: https://ift.tt/O8rNIEb
Libro en Amazon: https://ift.tt/etJ5dfx
Blog: https://ift.tt/Su96nfz
#tierrallamandohumanos
#madrescansadas
#mujeresquecuidan
#mujerestrabajadoras
#cargamental
#agotamientoemocional
#cansancioinvisible
#saludemocional
#saludmental
#maternidadreal
#maternidadconsciente
#autocuidadoemocional
#bienestaremocional
#equilibrioemocional
#vidaenfamilia
#relacionesconscientes
#parejaconsciente
#crianzaconsciente
#amorconsciente
#sanacionemocional
#mujeresreales
#escucharnos
#cuidarnos
#concienciaemocional
#familia
#vidaemocional
La amabilidad lo cambia todo 🤍😘
La amabilidad no cuesta nada, es verdad. No te pide dinero, ni esfuerzo heroico, ni un talento especial. Y aun así… vale mucho. Vale tanto que, incluso, leí que habían hecho estudios diciendo que la amabilidad alarga la vida, que protege de enfermedades, que nos cuida por dentro. Y me quedé con una mezcla rara: alegría… y sorpresa.
Porque me alegró, claro. Qué bonito pensar que ser amable te protege.
Pero a la vez me chocó: ¿de verdad necesitamos demostrar científicamente que la amabilidad “conviene”? ¿De verdad tenemos que convencer a las personas con estadísticas, como si amar fuera una inversión rentable?
Como si la amabilidad no tuviera su propia luz.
Como si no saliera sola, de lo más humano.
Entonces pensé: vamos a mirarla de cerca. Vamos a sentirla. Vamos a entender por qué, cuando aparece, lo cambia todo.
Y me di cuenta de algo simple: amable viene de amor.
Una persona amable es alguien que transmite algo que los demás reciben como amor. No porque vaya por la vida buscando que le quieran, sino porque su manera de estar… hace que el otro se sienta cuidado. Reconfortado. Visto.
Y ahí está el corazón de todo: la amabilidad está conectada con dar.
Dar no como “hacer favores”, sino como una energía.
Una forma de moverte.
Una manera de responder.
Porque la vida, en realidad, nos da mil oportunidades pequeñas —pequeñísimas— para elegir: o reacciono desde lo que llevo dentro… o respondo desde una paz que también puedo cultivar.
Y aquí viene lo importante: lo de dentro se manifiesta fuera.
Si dentro hay sufrimiento, frustración, dolor acumulado… eso sale. Puede que lo disfraces un rato, puede que lo controles un poco, pero al final la energía se nota. Se filtra.
Pero cuando dentro practicas tranquilidad, cuando practicas una conexión más espiritual, cuando hay paz… lo que sale de ti suele ser más amable. No por técnica. Por coherencia.
Porque la amabilidad no es un truco. Es un estado.
Y para entenderlo, piensa en escenas simples, de las que pasan todos los días. De esas que parecen pequeñas, pero son semillas que se quedan dentro de un niño, de un compañero, de una pareja… y crecen durante años.
Imagina que llegas a casa y hay un vaso roto en el suelo. Agua por todas partes. Y tu hijo está allí, pequeñito, con esa cara que ya lo dice todo: miedo, susto, culpa anticipada. Esa sensación de “ahora sí… ahora me cae”.
Y tú podrías entrar con el cansancio por delante. Podrías entrar con la vida encima. Podrías entrar con esa voz dura que no siempre decides, pero aparece: “¿Qué has hecho? ¿Quién ha sido? ¿Pero cómo…?”
Y el niño aprende una cosa: que cuando algo se rompe, se rompe también la calma. Que el error se paga con tensión. Que hay que defenderse, inventar, culpar al perro, encogerse.
Pero hay otra escena posible.
Tú te acercas. Le miras. Te agachas. Y con una voz que no castiga, dices:
“Venga… lo recogemos juntos. Vamos a dejarlo limpio.”
Eso es amabilidad.
Y parece poco. Parece un gesto.
Pero el niño recibe una lección que no está en ningún libro:
que el amor no desaparece cuando te equivocas.
que el error no te hace indigno.
que se puede reparar sin violencia.
Y luego, a lo mejor por la noche, te dice algo que te deja quieto:
“Me gustó cómo me trataste cuando se rompió el vaso.”
Y tú entiendes que ahí se ha grabado algo. Algo que quizá ese niño repetirá un día con otros. Con sus hijos. Con su mundo.
Porque la amabilidad enseña. No con discursos. Con presencia.
Otro ejemplo. El trabajo. Un equipo. Presión. Fecha límite. Todo al borde. Y alguien se equivoca. Hace algo mal. Retrasa al grupo. Y lo normal —lo habitual— es que salga el látigo:
“¿Pero cómo has hecho eso? ¿No ves que…? ¿Por qué no preguntaste?”
Y el otro se va haciendo pequeño. Pequeñito. Pequeñito.
Porque el error, además de error, se convierte en humillación.
Pero también existe otra respuesta.
Una respuesta que no niega el problema, pero no destruye a la persona:
“Vale. Ha pasado. Veo que lo has intentado. Entiendo la presión. No te preocupes. Vamos a recuperarlo entre todos.
Y también ves otra verdad: el tono se queda.
Cuando corriges desde dureza, a lo mejor el otro entiende lo que querías decir… pero recuerda el golpe. Y con los años te lo puede decir:
“Me dolió cómo me hablaste.”
Porque la energía se graba más que las palabras.
En cambio, cuando tratas desde respeto, desde calma, desde humanidad, la gente dice:
“Siempre me acordaré de cómo me trataste.”
Y eso también se hereda.
Entonces… ¿de dónde nace la amabilidad?
¿Qué energía estoy cultivando en mí…
que luego, inevitablemente, será la que entregue al mundo?
Amar es dar, no exigir #mindfulness #crecimientopersonal #tierrallamandohumanos
La amabilidad no cuesta nada, es verdad. No te pide dinero, ni esfuerzo heroico, ni un talento especial. Y aun así… vale mucho. Vale tanto que, incluso, leí que habían hecho estudios diciendo que la amabilidad alarga la vida, que protege de enfermedades, que nos cuida por dentro. Y me quedé con una mezcla rara: alegría… y sorpresa.
Porque me alegró, claro. Qué bonito pensar que ser amable te protege.
Pero a la vez me chocó: ¿de verdad necesitamos demostrar científicamente que la amabilidad “conviene”? ¿De verdad tenemos que convencer a las personas con estadísticas, como si amar fuera una inversión rentable?
Como si la amabilidad no tuviera su propia luz.
Como si no saliera sola, de lo más humano.
Entonces pensé: vamos a mirarla de cerca. Vamos a sentirla. Vamos a entender por qué, cuando aparece, lo cambia todo.
Y me di cuenta de algo simple: amable viene de amor.
Una persona amable es alguien que transmite algo que los demás reciben como amor. No porque vaya por la vida buscando que le quieran, sino porque su manera de estar… hace que el otro se sienta cuidado. Reconfortado. Visto.
Y ahí está el corazón de todo: la amabilidad está conectada con dar.
Dar no como “hacer favores”, sino como una energía.
Una forma de moverte.
Una manera de responder.
Porque la vida, en realidad, nos da mil oportunidades pequeñas —pequeñísimas— para elegir: o reacciono desde lo que llevo dentro… o respondo desde una paz que también puedo cultivar.
Y aquí viene lo importante: lo de dentro se manifiesta fuera.
Si dentro hay sufrimiento, frustración, dolor acumulado… eso sale. Puede que lo disfraces un rato, puede que lo controles un poco, pero al final la energía se nota. Se filtra.
Pero cuando dentro practicas tranquilidad, cuando practicas una conexión más espiritual, cuando hay paz… lo que sale de ti suele ser más amable. No por técnica. Por coherencia.
Porque la amabilidad no es un truco. Es un estado.
Y para entenderlo, piensa en escenas simples, de las que pasan todos los días. De esas que parecen pequeñas, pero son semillas que se quedan dentro de un niño, de un compañero, de una pareja… y crecen durante años.
Imagina que llegas a casa y hay un vaso roto en el suelo. Agua por todas partes. Y tu hijo está allí, pequeñito, con esa cara que ya lo dice todo: miedo, susto, culpa anticipada. Esa sensación de “ahora sí… ahora me cae”.
Y tú podrías entrar con el cansancio por delante. Podrías entrar con la vida encima. Podrías entrar con esa voz dura que no siempre decides, pero aparece: “¿Qué has hecho? ¿Quién ha sido? ¿Pero cómo…?”
Y el niño aprende una cosa: que cuando algo se rompe, se rompe también la calma. Que el error se paga con tensión. Que hay que defenderse, inventar, culpar al perro, encogerse.
Pero hay otra escena posible.
Tú te acercas. Le miras. Te agachas. Y con una voz que no castiga, dices:
“Venga… lo recogemos juntos. Vamos a dejarlo limpio.”
Eso es amabilidad.
Y parece poco. Parece un gesto.
Pero el niño recibe una lección que no está en ningún libro:
que el amor no desaparece cuando te equivocas.
que el error no te hace indigno.
que se puede reparar sin violencia.
Y luego, a lo mejor por la noche, te dice algo que te deja quieto:
“Me gustó cómo me trataste cuando se rompió el vaso.”
Y tú entiendes que ahí se ha grabado algo. Algo que quizá ese niño repetirá un día con otros. Con sus hijos. Con su mundo.
Porque la amabilidad enseña. No con discursos. Con presencia.
Otro ejemplo. El trabajo. Un equipo. Presión. Fecha límite. Todo al borde. Y alguien se equivoca. Hace algo mal. Retrasa al grupo. Y lo normal —lo habitual— es que salga el látigo:
“¿Pero cómo has hecho eso? ¿No ves que…? ¿Por qué no preguntaste?”
Y el otro se va haciendo pequeño. Pequeñito. Pequeñito.
Porque el error, además de error, se convierte en humillación.
Pero también existe otra respuesta.
Una respuesta que no niega el problema, pero no destruye a la persona:
“Vale. Ha pasado. Veo que lo has intentado. Entiendo la presión. No te preocupes. Vamos a recuperarlo entre todos.
Y también ves otra verdad: el tono se queda.
Cuando corriges desde dureza, a lo mejor el otro entiende lo que querías decir… pero recuerda el golpe. Y con los años te lo puede decir:
“Me dolió cómo me hablaste.”
Porque la energía se graba más que las palabras.
En cambio, cuando tratas desde respeto, desde calma, desde humanidad, la gente dice:
“Siempre me acordaré de cómo me trataste.”
Y eso también se hereda.
Entonces… ¿de dónde nace la amabilidad?
¿Qué energía estoy cultivando en mí…
que luego, inevitablemente, será la que entregue al mundo?
¿Y si no fuera como crees? #crecimientopersonal #amorpropio #tierrallamandohumanos
Dejar de juzgar y volver a mirar con curiosidad
Hoy quiero hablarte de algo muy cotidiano y muy profundo a la vez.
De algo que hacemos casi sin darnos cuenta, muchas veces para protegernos… y que, sin embargo, nos va cerrando por dentro poco a poco: el juicio.
Juzgar es fácil. Sale solo.
Juzgamos a las personas, las situaciones, la vida… y también, quizá con más dureza que a nadie, a nosotros mismos.
Un juicio suele ser un pensamiento rápido, una etiqueta que ponemos. Y casi siempre viene acompañado de palabras muy rotundas. Palabras absolutas.
Siempre. Nunca. Seguro.
“Mi jefe siempre se enfada.”
“Nunca le he visto contento.”
“Seguro que lo ha hecho porque no tenía ganas.”
Lo curioso es que lo decimos convencidos. Como si estuviéramos describiendo la realidad tal cual es. Pero en realidad, lo que estamos haciendo es cerrar la historia. Poner un punto final donde todavía había muchas páginas por escribir.
Cuando dices siempre, ya no hay posibilidad.
Cuando dices nunca, ya no hay excepción.
Cuando dices seguro, ya no hay pregunta.
Y cuando no hay pregunta… no hay encuentro.
Recuerdo una vez, en Sevilla, con una persona con la que colaboraba mucho. Hubo un malentendido, se enfadó bastante, y en medio del enfado me dijo:
“Siempre estás igual.”
Yo le dejé hablar. Escuché. Dejé que soltara todo.
Y cuando hubo un poco de espacio, le dije con calma:
“Tienes razón en una cosa… estás diciendo siempre todo el rato. Dime cuándo fue la última vez.”
Se quedó pensando.
“No sé… pero siempre es así.”
Y ahí estaba todo. No era siempre. Ni siquiera podía recordar otra vez. Pero el juicio necesitaba esa palabra para sostenerse.
Cuando juzgamos, muchas veces lo que hay debajo es enfado, cansancio, frustración. Algo que no sabemos cómo expresar y que sale así, en forma de etiqueta hacia el otro.
Pero hay otra posibilidad. Una mucho más suave. Mucho más viva.
La curiosidad.
La curiosidad cambia completamente el movimiento interior.
Donde antes había un “siempre está de mal humor”, aparece un:
“Me pregunto qué le estará pasando.”
“Me pregunto si también será así con su familia.”
“Me pregunto de dónde vendrá esta actitud.”
Fíjate qué distinto se siente por dentro.
Ya no estás atacando. Ya no estás cerrando. Estás mirando. Estás dejando espacio.
Y muchas veces, cuando miras con curiosidad, descubres cosas que desmontan toda la película. Personas que en el trabajo parecen duras y fuera son alegres. Personas que en casa descargan lo que no pueden expresar en otros lugares. Personas que sostienen más de lo que parece.
Y entonces algo cambia.
Porque la curiosidad, cuando es honesta, suele llevar a la compasión.
Te das cuenta de que, detrás de muchas actitudes que juzgamos, hay sufrimiento.
Y que el juicio, en realidad, no es más que una forma torpe de mirar el dolor del otro… y atacarlo, en lugar de comprenderlo.
Y con nosotros pasa exactamente lo mismo.
Tenemos una voz interior muy dura.
“Yo siempre soy así.”
“Esto nunca va a cambiar.”
“No puedo.”
“Soy así, acéptame.”
Son frases que suenan a identidad, pero en realidad son jaulas.
La curiosidad contigo es otra cosa.
Es tratarte como alguien a quien quieres comprender, no corregir.
Preguntarte:
“¿Qué pasaría si pudiera ser diferente?”
“¿Cómo sería mi vida si me tomara esto con más calma?”
“¿Qué hay aquí que me hace reaccionar así?”
No para exigirte respuestas inmediatas.
No para forzarte.
Sino para investigar con cariño.
A veces no sabes la respuesta. Y está bien.
La curiosidad también es sostener algo sin empujarlo fuera.
Quedarte con una sensación y decir:
“¿Y esto… qué es?”
“¿De dónde viene?”
“¿Qué me quiere decir?”
Y poco a poco empiezas a darte cuenta de cosas muy concretas.
Ese correo que leíste y parecía que no te afectó… sí te afectó.
Esa conversación pequeña… se quedó dentro.
Ese comentario, esa mirada, ese silencio… entró sin avisar.
Y en lugar de decirte:
“Siempre estoy mal.”
“Nunca voy a cambiar.”
Puedes decirte:
“Ah… era esto.”
“Qué curioso.”
“Aquí está.”
La curiosidad abre puertas también en las relaciones.
No es lo mismo decir:
“Siempre haces lo mismo.”
Que decir:
“¿Qué pasaría si lo hicieras de otra forma?”
La primera frase cierra, acusa, bloquea.
La segunda invita a reflexionar.
Y ayudar a alguien a reflexionar hoy en día es un regalo enorme. Porque vivimos rodeados de crítica, hacia fuera y hacia dentro, y muy poca escucha real.
Por eso la meditación no es solo sentarse en silencio.
Es entrenar esta actitud ante la vida: mirar sin sentenciar, preguntar sin atacar.
Incluso cuando deseas algo para ti, la curiosidad lo cambia todo.
En vez de:
“Esto es demasiado.”
“No voy a poder.”
Aparece:
“¿Qué pasaría si…?”
“¿Cómo sería mi vida si viviera con más paz?”
Solo pensarlo ya abre una experiencia. Ya te conecta con algo antes incluso de lograrlo.
Los niños viven ahí. En la curiosidad.
A veces nos cansan con tantas preguntas, sí. Pero porque todavía miran el mundo como si fuera nuevo. Se maravillan con una flor roja y otra blanca. Con un brote diminuto. Con una botella blanca. Con un “¿y si…?”
Luego crecemos, nos volvemos serios… y dejamos de descubrir.
Pasamos por la vida sin verla.
Y sin embargo, cuando vuelves a la curiosidad, lo cotidiano recupera sentido.
Los pequeños brotes en primavera.
Una planta que creías muerta y de repente saca un verde mínimo.
Los pájaros y sus gustos distintos.
La sombra bajo un árbol.
Un rincón donde sentarte sin hacer nada “útil”… y sentir que estás viviendo.
Y entonces recuerdas algo esencial:
Lo único que realmente existe es este momento.
Ahora.
Si tu mente está en otro sitio, te pierdes lo único que hay.
Así que quizá hoy no se trate de cambiar nada.
Solo de notar cuándo aparece el siempre y el nunca…
y cambiarlo por una pregunta suave.
Curiosidad en lugar de juicio.
Presencia en lugar de etiqueta.
Mirada en lugar de ataque.
Y tal vez, poco a poco, la vida vuelva a abrirse…
como algo que nunca estuvo cerrado,
solo estaba esperando a que volvieras a mirar.
Podemos dejar de juzgar en esta vida 🧬🤍♾️
Dejar de juzgar y volver a mirar con curiosidad
Hoy quiero hablarte de algo muy cotidiano y muy profundo a la vez.
De algo que hacemos casi sin darnos cuenta, muchas veces para protegernos… y que, sin embargo, nos va cerrando por dentro poco a poco: el juicio.
Juzgar es fácil. Sale solo.
Juzgamos a las personas, las situaciones, la vida… y también, quizá con más dureza que a nadie, a nosotros mismos.
Un juicio suele ser un pensamiento rápido, una etiqueta que ponemos. Y casi siempre viene acompañado de palabras muy rotundas. Palabras absolutas.
Siempre. Nunca. Seguro.
“Mi jefe siempre se enfada.”
“Nunca le he visto contento.”
“Seguro que lo ha hecho porque no tenía ganas.”
Lo curioso es que lo decimos convencidos. Como si estuviéramos describiendo la realidad tal cual es. Pero en realidad, lo que estamos haciendo es cerrar la historia. Poner un punto final donde todavía había muchas páginas por escribir.
Cuando dices siempre, ya no hay posibilidad.
Cuando dices nunca, ya no hay excepción.
Cuando dices seguro, ya no hay pregunta.
Y cuando no hay pregunta… no hay encuentro.
Recuerdo una vez, en Sevilla, con una persona con la que colaboraba mucho. Hubo un malentendido, se enfadó bastante, y en medio del enfado me dijo:
“Siempre estás igual.”
Yo le dejé hablar. Escuché. Dejé que soltara todo.
Y cuando hubo un poco de espacio, le dije con calma:
“Tienes razón en una cosa… estás diciendo siempre todo el rato. Dime cuándo fue la última vez.”
Se quedó pensando.
“No sé… pero siempre es así.”
Y ahí estaba todo. No era siempre. Ni siquiera podía recordar otra vez. Pero el juicio necesitaba esa palabra para sostenerse.
Cuando juzgamos, muchas veces lo que hay debajo es enfado, cansancio, frustración. Algo que no sabemos cómo expresar y que sale así, en forma de etiqueta hacia el otro.
Pero hay otra posibilidad. Una mucho más suave. Mucho más viva.
La curiosidad.
La curiosidad cambia completamente el movimiento interior.
Donde antes había un “siempre está de mal humor”, aparece un:
“Me pregunto qué le estará pasando.”
“Me pregunto si también será así con su familia.”
“Me pregunto de dónde vendrá esta actitud.”
Fíjate qué distinto se siente por dentro.
Ya no estás atacando. Ya no estás cerrando. Estás mirando. Estás dejando espacio.
Y muchas veces, cuando miras con curiosidad, descubres cosas que desmontan toda la película. Personas que en el trabajo parecen duras y fuera son alegres. Personas que en casa descargan lo que no pueden expresar en otros lugares. Personas que sostienen más de lo que parece.
Y entonces algo cambia.
Porque la curiosidad, cuando es honesta, suele llevar a la compasión.
Te das cuenta de que, detrás de muchas actitudes que juzgamos, hay sufrimiento.
Y que el juicio, en realidad, no es más que una forma torpe de mirar el dolor del otro… y atacarlo, en lugar de comprenderlo.
Y con nosotros pasa exactamente lo mismo.
Tenemos una voz interior muy dura.
“Yo siempre soy así.”
“Esto nunca va a cambiar.”
“No puedo.”
“Soy así, acéptame.”
Son frases que suenan a identidad, pero en realidad son jaulas.
La curiosidad contigo es otra cosa.
Es tratarte como alguien a quien quieres comprender, no corregir.
Preguntarte:
“¿Qué pasaría si pudiera ser diferente?”
“¿Cómo sería mi vida si me tomara esto con más calma?”
“¿Qué hay aquí que me hace reaccionar así?”
No para exigirte respuestas inmediatas.
No para forzarte.
Sino para investigar con cariño.
A veces no sabes la respuesta. Y está bien.
La curiosidad también es sostener algo sin empujarlo fuera.
Quedarte con una sensación y decir:
“¿Y esto… qué es?”
“¿De dónde viene?”
“¿Qué me quiere decir?”
Y poco a poco empiezas a darte cuenta de cosas muy concretas.
Ese correo que leíste y parecía que no te afectó… sí te afectó.
Esa conversación pequeña… se quedó dentro.
Ese comentario, esa mirada, ese silencio… entró sin avisar.
Y en lugar de decirte:
“Siempre estoy mal.”
“Nunca voy a cambiar.”
Puedes decirte:
“Ah… era esto.”
“Qué curioso.”
“Aquí está.”
La curiosidad abre puertas también en las relaciones.
No es lo mismo decir:
“Siempre haces lo mismo.”
Que decir:
“¿Qué pasaría si lo hicieras de otra forma?”
La primera frase cierra, acusa, bloquea.
La segunda invita a reflexionar.
Y ayudar a alguien a reflexionar hoy en día es un regalo enorme. Porque vivimos rodeados de crítica, hacia fuera y hacia dentro, y muy poca escucha real.
Por eso la meditación no es solo sentarse en silencio.
Es entrenar esta actitud ante la vida: mirar sin sentenciar, preguntar sin atacar.
Incluso cuando deseas algo para ti, la curiosidad lo cambia todo.
En vez de:
“Esto es demasiado.”
“No voy a poder.”
Aparece:
“¿Qué pasaría si…?”
Donde termina el juicio, empieza la vida
Hay días en los que me doy cuenta de que estoy juzgando sin querer.
No con mala intención.
No desde la dureza consciente.
Sino desde el cansancio.
Juzgo cuando algo no encaja.
Cuando alguien no responde como yo esperaba.
Cuando una situación me incomoda y no sé muy bien qué hacer con lo que siento.
El juicio aparece rápido.
Casi siempre con palabras grandes, definitivas, cerradas.
Siempre. Nunca. Esto es así. Yo soy así.
Y en ese instante, algo se congela por dentro.
Porque cuando juzgo, dejo de mirar.
Dejo de escuchar.
Dejo de preguntarme.
Recuerdo una vez, hablando con alguien muy cercano, sentir esa rigidez en el pecho.
Pensé: “Siempre me habla así”.
Lo di por hecho.
Y en ese momento ya no había conversación posible.
Solo defensa.
Solo distancia.
Pero algo en mí se aflojó cuando apareció otra frase, mucho más suave:
“Me pregunto qué le estará pasando hoy.”
No justificaba nada.
No explicaba nada.
Solo abría.
Y abrir cambia todo.
La curiosidad no empuja.
No exige respuestas inmediatas.
La curiosidad se sienta al lado y observa.
He visto cómo una persona que parecía fría en realidad estaba agotada.
Cómo alguien que parecía distante estaba sosteniendo un miedo antiguo.
Cómo detrás de un gesto brusco había una historia que nunca fue escuchada.
Y también lo he visto en mí.
Cuántas veces me he dicho:
“Siempre reacciono igual.”
“Nunca cambio.”
“Esto es lo que hay.”
Y qué distinto se siente cambiarlo por:
“Qué curioso… ¿por qué aquí me pasa esto?”
“¿Qué parte de mí está intentando protegerse?”
“¿De dónde viene esta reacción?”
No para arreglarla.
No para corregirme.
Solo para comprender.
A veces no llega ninguna respuesta.
Y está bien.
Porque la curiosidad también es sostener una sensación sin empujarla fuera.
Quedarte con ese nudo en el pecho.
Con ese cansancio.
Con ese enfado suave o esa tristeza difusa.
Y decirte:
“Te veo.”
He aprendido que muchas emociones no necesitan solución.
Necesitan espacio.
Como cuando caminas y de pronto ves algo pequeño que antes no habías visto.
Un brote verde saliendo de una rama que parecía seca.
Una grieta en el suelo donde crece una flor mínima.
No hace ruido.
Pero está viva.
Cuando dejo de juzgar, empiezo a ver esas cosas.
Veo más.
Siento más.
La vida se vuelve menos rígida.
La curiosidad me devuelve al presente.
A este momento.
A lo que hay ahora, no a lo que debería ser.
Y en ese espacio, incluso lo que duele se vuelve un poco más habitable.
Quizá no se trata de dejar de juzgar del todo.
Sino de darnos cuenta cuando lo hacemos…
y elegir, con suavidad, otra puerta.
La puerta de la pregunta.
De la mirada abierta.
De la escucha.
Porque muchas veces, justo donde termina el juicio,
empieza la posibilidad.
Empieza la compasión.
Empieza la vida tal como es.
Y eso, aunque no lo parezca, ya es descanso.
Feliz nuevo ciclo #mindfulness #menteinconsciente #crecimientopersonal #tierrallamandohumanos
Feliz viaje al 2026 🤍🌛🎁🙏✈️
Este año no ha sido solo bueno o malo.
Ha sido formador.
Ha tenido momentos que celebramos…
y otros que nos enseñaron a ser más fuertes de lo que creíamos.
Todo eso —lo fácil y lo difícil—
nos ha traído hasta aquí.
A ser quienes somos ahora.
Con más o menos energía.
Con más o menos claridad.
Pero aquí.
Estamos cruzando una frontera en el tiempo de nuestras vidas.
Y no es mágica.
Lo que sí es real… es la elección.
Cada día decidimos
si miramos con ilusión y trabajo interior
o si añadimos más desencanto al cansancio que ya llevamos.
Estos días nos exigimos más.
Nos cuestionamos más.
Pero quizá no se trata de juzgar el año…
sino de reconocernos.
Respira.
Mírate con honestidad y con cariño.
No necesitas ser otra persona para empezar.
Solo elegir, hoy,
desde dónde quieres vivir lo que viene.
