Mes: enero 2026
Cuando ser madre y mujer trabajadora congela por dentro (y nadie lo ve)
Hay un cansancio del que casi no se habla.
No es el cansancio de dormir poco.
Es el cansancio de sostenerlo todo.
Muchas madres que además trabajan sienten algo difícil de explicar:
no están llorando todo el día, no viven en una tristeza evidente…
pero por dentro algo se ha ido apagando.
Como si el fuego interno que antes estaba ahí —sin pedir permiso— se hubiera quedado en pausa.
Como si la vida siguiera, pero una parte de nosotras caminara anestesiada.
El agotamiento invisible
Trabajar, criar, organizar, decidir, cuidar.
Ser la que pone límites.
La que piensa en todo.
La que anticipa.
La que sostiene lo que no se ve.
Ese rol no descansa nunca.
Y llega un punto en el que, aunque ames profundamente a tu hijo, no te queda energía emocional para jugar, para estar presente desde la alegría.
No porque no quieras.
Sino porque estás exhausta a un nivel que no siempre sabes explicar.
Eso duele.
Duele sentir que no llegas a ser la madre que deseas, no por falta de amor, sino por exceso de carga.
Cuando el enfado se queda dentro
En muchas parejas ocurre algo silencioso:
una se queda con lo pesado, lo invisible, lo constante.
El otro aparece asociado a lo fácil, al juego, a la risa.
No porque haya mala intención.
Sino porque así se ha ido dando… y nadie lo ha detenido.
El enfado no expresado se queda dentro.
Se vuelve dureza.
Distancia.
Apagamiento.
Y encima aparece la culpa:
“No debería sentir esto”
“No tengo derecho a estar cansada”
“Debería poder con todo”
Como si ser fuerte significara no necesitar descanso emocional.
El miedo que acompaña
A todo esto se suma otro peso:
el miedo al trabajo, al futuro, a no hacerlo bien, a no estar a la altura.
La sensación de que la vida viene con un manual invisible para otros…
y tú estás improvisando agotada, siempre con la sensación de llegar tarde, de no llegar, de no saber llevar “la vida en sí”.
Hay días en los que no se vive:
se sobrevive.
Desde el “tengo que”.
Desde la obligación.
Desde el deber constante.
Y eso apaga incluso a las mujeres más luminosas.
No estás rota. Estás cansada.
Si al leer esto sientes un nudo en la garganta, un suspiro profundo o ganas de llorar, no es debilidad.
Es verdad saliendo a la superficie.
No necesitas arreglarte.
No necesitas ser más positiva.
No necesitas exigirte más.
Necesitas ser vista, nombrada, sostenida.
Este texto no es una queja.
Es un acto de honestidad.
Y la honestidad también cura.
Si te has reconocido aquí, recuerda esto:
No estás sola.
No estás fallando.
No has perdido la alegría: está agotada, no muerta.
Pedir apoyo no te hace menos madre, te hace más humana.
A veces el primer cuidado no es cambiar nada,
sino atreverse a decir: “esto me pesa”.
Y eso, ya, es empezar a sanar 🤍

