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Dejar de juzgar y volver a mirar con curiosidad


Hoy quiero hablarte de algo muy cotidiano y muy profundo a la vez.
De algo que hacemos casi sin darnos cuenta, muchas veces para protegernos… y que, sin embargo, nos va cerrando por dentro poco a poco: el juicio.
Juzgar es fácil. Sale solo.
Juzgamos a las personas, las situaciones, la vida… y también, quizá con más dureza que a nadie, a nosotros mismos.
Un juicio suele ser un pensamiento rápido, una etiqueta que ponemos. Y casi siempre viene acompañado de palabras muy rotundas. Palabras absolutas.
Siempre. Nunca. Seguro.
“Mi jefe siempre se enfada.”
“Nunca le he visto contento.”
“Seguro que lo ha hecho porque no tenía ganas.”
Lo curioso es que lo decimos convencidos. Como si estuviéramos describiendo la realidad tal cual es. Pero en realidad, lo que estamos haciendo es cerrar la historia. Poner un punto final donde todavía había muchas páginas por escribir.
Cuando dices siempre, ya no hay posibilidad.
Cuando dices nunca, ya no hay excepción.
Cuando dices seguro, ya no hay pregunta.
Y cuando no hay pregunta… no hay encuentro.
Recuerdo una vez, en Sevilla, con una persona con la que colaboraba mucho. Hubo un malentendido, se enfadó bastante, y en medio del enfado me dijo:
“Siempre estás igual.”
Yo le dejé hablar. Escuché. Dejé que soltara todo.
Y cuando hubo un poco de espacio, le dije con calma:
“Tienes razón en una cosa… estás diciendo siempre todo el rato. Dime cuándo fue la última vez.”
Se quedó pensando.
“No sé… pero siempre es así.”
Y ahí estaba todo. No era siempre. Ni siquiera podía recordar otra vez. Pero el juicio necesitaba esa palabra para sostenerse.
Cuando juzgamos, muchas veces lo que hay debajo es enfado, cansancio, frustración. Algo que no sabemos cómo expresar y que sale así, en forma de etiqueta hacia el otro.
Pero hay otra posibilidad. Una mucho más suave. Mucho más viva.
La curiosidad.
La curiosidad cambia completamente el movimiento interior.
Donde antes había un “siempre está de mal humor”, aparece un:
“Me pregunto qué le estará pasando.”
“Me pregunto si también será así con su familia.”
“Me pregunto de dónde vendrá esta actitud.”
Fíjate qué distinto se siente por dentro.
Ya no estás atacando. Ya no estás cerrando. Estás mirando. Estás dejando espacio.
Y muchas veces, cuando miras con curiosidad, descubres cosas que desmontan toda la película. Personas que en el trabajo parecen duras y fuera son alegres. Personas que en casa descargan lo que no pueden expresar en otros lugares. Personas que sostienen más de lo que parece.
Y entonces algo cambia.
Porque la curiosidad, cuando es honesta, suele llevar a la compasión.
Te das cuenta de que, detrás de muchas actitudes que juzgamos, hay sufrimiento.
Y que el juicio, en realidad, no es más que una forma torpe de mirar el dolor del otro… y atacarlo, en lugar de comprenderlo.
Y con nosotros pasa exactamente lo mismo.
Tenemos una voz interior muy dura.
“Yo siempre soy así.”
“Esto nunca va a cambiar.”
“No puedo.”
“Soy así, acéptame.”
Son frases que suenan a identidad, pero en realidad son jaulas.
La curiosidad contigo es otra cosa.
Es tratarte como alguien a quien quieres comprender, no corregir.
Preguntarte:
“¿Qué pasaría si pudiera ser diferente?”
“¿Cómo sería mi vida si me tomara esto con más calma?”
“¿Qué hay aquí que me hace reaccionar así?”
No para exigirte respuestas inmediatas.
No para forzarte.
Sino para investigar con cariño.
A veces no sabes la respuesta. Y está bien.
La curiosidad también es sostener algo sin empujarlo fuera.
Quedarte con una sensación y decir:
“¿Y esto… qué es?”
“¿De dónde viene?”
“¿Qué me quiere decir?”
Y poco a poco empiezas a darte cuenta de cosas muy concretas.
Ese correo que leíste y parecía que no te afectó… sí te afectó.
Esa conversación pequeña… se quedó dentro.
Ese comentario, esa mirada, ese silencio… entró sin avisar.
Y en lugar de decirte:
“Siempre estoy mal.”
“Nunca voy a cambiar.”
Puedes decirte:
“Ah… era esto.”
“Qué curioso.”
“Aquí está.”
La curiosidad abre puertas también en las relaciones.
No es lo mismo decir:
“Siempre haces lo mismo.”
Que decir:
“¿Qué pasaría si lo hicieras de otra forma?”
La primera frase cierra, acusa, bloquea.
La segunda invita a reflexionar.
Y ayudar a alguien a reflexionar hoy en día es un regalo enorme. Porque vivimos rodeados de crítica, hacia fuera y hacia dentro, y muy poca escucha real.
Por eso la meditación no es solo sentarse en silencio.
Es entrenar esta actitud ante la vida: mirar sin sentenciar, preguntar sin atacar.
Incluso cuando deseas algo para ti, la curiosidad lo cambia todo.
En vez de:
“Esto es demasiado.”
“No voy a poder.”
Aparece:
“¿Qué pasaría si…?”
“¿Cómo sería mi vida si viviera con más paz?”
Solo pensarlo ya abre una experiencia. Ya te conecta con algo antes incluso de lograrlo.
Los niños viven ahí. En la curiosidad.
A veces nos cansan con tantas preguntas, sí. Pero porque todavía miran el mundo como si fuera nuevo. Se maravillan con una flor roja y otra blanca. Con un brote diminuto. Con una botella blanca. Con un “¿y si…?”
Luego crecemos, nos volvemos serios… y dejamos de descubrir.
Pasamos por la vida sin verla.
Y sin embargo, cuando vuelves a la curiosidad, lo cotidiano recupera sentido.
Los pequeños brotes en primavera.
Una planta que creías muerta y de repente saca un verde mínimo.
Los pájaros y sus gustos distintos.
La sombra bajo un árbol.
Un rincón donde sentarte sin hacer nada “útil”… y sentir que estás viviendo.
Y entonces recuerdas algo esencial:
Lo único que realmente existe es este momento.
Ahora.
Si tu mente está en otro sitio, te pierdes lo único que hay.
Así que quizá hoy no se trate de cambiar nada.
Solo de notar cuándo aparece el siempre y el nunca…
y cambiarlo por una pregunta suave.
Curiosidad en lugar de juicio.
Presencia en lugar de etiqueta.
Mirada en lugar de ataque.
Y tal vez, poco a poco, la vida vuelva a abrirse…
como algo que nunca estuvo cerrado,
solo estaba esperando a que volvieras a mirar.

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