Podemos dejar de juzgar en esta vida 🧬🤍♾️


Dejar de juzgar y volver a mirar con curiosidad
Hoy quiero hablarte de algo muy cotidiano y muy profundo a la vez.
De algo que hacemos casi sin darnos cuenta, muchas veces para protegernos… y que, sin embargo, nos va cerrando por dentro poco a poco: el juicio.
Juzgar es fácil. Sale solo.
Juzgamos a las personas, las situaciones, la vida… y también, quizá con más dureza que a nadie, a nosotros mismos.
Un juicio suele ser un pensamiento rápido, una etiqueta que ponemos. Y casi siempre viene acompañado de palabras muy rotundas. Palabras absolutas.
Siempre. Nunca. Seguro.
“Mi jefe siempre se enfada.”
“Nunca le he visto contento.”
“Seguro que lo ha hecho porque no tenía ganas.”
Lo curioso es que lo decimos convencidos. Como si estuviéramos describiendo la realidad tal cual es. Pero en realidad, lo que estamos haciendo es cerrar la historia. Poner un punto final donde todavía había muchas páginas por escribir.
Cuando dices siempre, ya no hay posibilidad.
Cuando dices nunca, ya no hay excepción.
Cuando dices seguro, ya no hay pregunta.
Y cuando no hay pregunta… no hay encuentro.
Recuerdo una vez, en Sevilla, con una persona con la que colaboraba mucho. Hubo un malentendido, se enfadó bastante, y en medio del enfado me dijo:
“Siempre estás igual.”
Yo le dejé hablar. Escuché. Dejé que soltara todo.
Y cuando hubo un poco de espacio, le dije con calma:
“Tienes razón en una cosa… estás diciendo siempre todo el rato. Dime cuándo fue la última vez.”
Se quedó pensando.
“No sé… pero siempre es así.”
Y ahí estaba todo. No era siempre. Ni siquiera podía recordar otra vez. Pero el juicio necesitaba esa palabra para sostenerse.
Cuando juzgamos, muchas veces lo que hay debajo es enfado, cansancio, frustración. Algo que no sabemos cómo expresar y que sale así, en forma de etiqueta hacia el otro.
Pero hay otra posibilidad. Una mucho más suave. Mucho más viva.
La curiosidad.
La curiosidad cambia completamente el movimiento interior.
Donde antes había un “siempre está de mal humor”, aparece un:
“Me pregunto qué le estará pasando.”
“Me pregunto si también será así con su familia.”
“Me pregunto de dónde vendrá esta actitud.”
Fíjate qué distinto se siente por dentro.
Ya no estás atacando. Ya no estás cerrando. Estás mirando. Estás dejando espacio.
Y muchas veces, cuando miras con curiosidad, descubres cosas que desmontan toda la película. Personas que en el trabajo parecen duras y fuera son alegres. Personas que en casa descargan lo que no pueden expresar en otros lugares. Personas que sostienen más de lo que parece.
Y entonces algo cambia.
Porque la curiosidad, cuando es honesta, suele llevar a la compasión.
Te das cuenta de que, detrás de muchas actitudes que juzgamos, hay sufrimiento.
Y que el juicio, en realidad, no es más que una forma torpe de mirar el dolor del otro… y atacarlo, en lugar de comprenderlo.
Y con nosotros pasa exactamente lo mismo.
Tenemos una voz interior muy dura.
“Yo siempre soy así.”
“Esto nunca va a cambiar.”
“No puedo.”
“Soy así, acéptame.”
Son frases que suenan a identidad, pero en realidad son jaulas.
La curiosidad contigo es otra cosa.
Es tratarte como alguien a quien quieres comprender, no corregir.
Preguntarte:
“¿Qué pasaría si pudiera ser diferente?”
“¿Cómo sería mi vida si me tomara esto con más calma?”
“¿Qué hay aquí que me hace reaccionar así?”
No para exigirte respuestas inmediatas.
No para forzarte.
Sino para investigar con cariño.
A veces no sabes la respuesta. Y está bien.
La curiosidad también es sostener algo sin empujarlo fuera.
Quedarte con una sensación y decir:
“¿Y esto… qué es?”
“¿De dónde viene?”
“¿Qué me quiere decir?”
Y poco a poco empiezas a darte cuenta de cosas muy concretas.
Ese correo que leíste y parecía que no te afectó… sí te afectó.
Esa conversación pequeña… se quedó dentro.
Ese comentario, esa mirada, ese silencio… entró sin avisar.
Y en lugar de decirte:
“Siempre estoy mal.”
“Nunca voy a cambiar.”
Puedes decirte:
“Ah… era esto.”
“Qué curioso.”
“Aquí está.”
La curiosidad abre puertas también en las relaciones.
No es lo mismo decir:
“Siempre haces lo mismo.”
Que decir:
“¿Qué pasaría si lo hicieras de otra forma?”
La primera frase cierra, acusa, bloquea.
La segunda invita a reflexionar.
Y ayudar a alguien a reflexionar hoy en día es un regalo enorme. Porque vivimos rodeados de crítica, hacia fuera y hacia dentro, y muy poca escucha real.
Por eso la meditación no es solo sentarse en silencio.
Es entrenar esta actitud ante la vida: mirar sin sentenciar, preguntar sin atacar.
Incluso cuando deseas algo para ti, la curiosidad lo cambia todo.
En vez de:
“Esto es demasiado.”
“No voy a poder.”
Aparece:
“¿Qué pasaría si…?”

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Donde termina el juicio, empieza la vida

Hay días en los que me doy cuenta de que estoy juzgando sin querer.

No con mala intención.

No desde la dureza consciente.

Sino desde el cansancio.

Juzgo cuando algo no encaja.

Cuando alguien no responde como yo esperaba.

Cuando una situación me incomoda y no sé muy bien qué hacer con lo que siento.

El juicio aparece rápido.

Casi siempre con palabras grandes, definitivas, cerradas.

Siempre. Nunca. Esto es así. Yo soy así.

Y en ese instante, algo se congela por dentro.

Porque cuando juzgo, dejo de mirar.

Dejo de escuchar.

Dejo de preguntarme.

Recuerdo una vez, hablando con alguien muy cercano, sentir esa rigidez en el pecho.

Pensé: “Siempre me habla así”.

Lo di por hecho.

Y en ese momento ya no había conversación posible.

Solo defensa.

Solo distancia.

Pero algo en mí se aflojó cuando apareció otra frase, mucho más suave:

“Me pregunto qué le estará pasando hoy.”

No justificaba nada.

No explicaba nada.

Solo abría.

Y abrir cambia todo.

La curiosidad no empuja.

No exige respuestas inmediatas.

La curiosidad se sienta al lado y observa.

He visto cómo una persona que parecía fría en realidad estaba agotada.

Cómo alguien que parecía distante estaba sosteniendo un miedo antiguo.

Cómo detrás de un gesto brusco había una historia que nunca fue escuchada.

Y también lo he visto en mí.

Cuántas veces me he dicho:

“Siempre reacciono igual.”

“Nunca cambio.”

“Esto es lo que hay.”

Y qué distinto se siente cambiarlo por:

“Qué curioso… ¿por qué aquí me pasa esto?”

“¿Qué parte de mí está intentando protegerse?”

“¿De dónde viene esta reacción?”

No para arreglarla.

No para corregirme.

Solo para comprender.

A veces no llega ninguna respuesta.

Y está bien.

Porque la curiosidad también es sostener una sensación sin empujarla fuera.

Quedarte con ese nudo en el pecho.

Con ese cansancio.

Con ese enfado suave o esa tristeza difusa.

Y decirte:

“Te veo.”

He aprendido que muchas emociones no necesitan solución.

Necesitan espacio.

Como cuando caminas y de pronto ves algo pequeño que antes no habías visto.

Un brote verde saliendo de una rama que parecía seca.

Una grieta en el suelo donde crece una flor mínima.

No hace ruido.

Pero está viva.

Cuando dejo de juzgar, empiezo a ver esas cosas.

Veo más.

Siento más.

La vida se vuelve menos rígida.

La curiosidad me devuelve al presente.

A este momento.

A lo que hay ahora, no a lo que debería ser.

Y en ese espacio, incluso lo que duele se vuelve un poco más habitable.

Quizá no se trata de dejar de juzgar del todo.

Sino de darnos cuenta cuando lo hacemos…

y elegir, con suavidad, otra puerta.

La puerta de la pregunta.

De la mirada abierta.

De la escucha.

Porque muchas veces, justo donde termina el juicio,

empieza la posibilidad.

Empieza la compasión.

Empieza la vida tal como es.

Y eso, aunque no lo parezca, ya es descanso.

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