Me encanta ser mujer. Dadora de vida. Para mí eso no es un cliché, sino que es una jodida y bendita realidad a la vez, un regalo que implica su peso. Si la vida es lo mejor que tenemos, el tiempo vivido. Qué mejor que poder entregarlo también a alguien, que extender nuestra vida y energía, como si le diéramos continuidad a la misma a través de otro cuerpo, de otra parte de nuestro yo.
Puede que muchos padres sientan algo así, algunos no creo que tan vívido. No tan real y fisiológico como haber tenido su cuerpecito y su propia alma dentro. Pero si llegan a sentir su corazón y tienen la suerte de romper sus murallas, igual de real.
Ahora bien, esto de dar vida también conlleva la responsabilidad más grande del mundo. Poder, saber y deber cuidar a otros. Tal y como a una misma, y muchas veces, la gran mayoría, intentar hacerlo mejor que a una misma.
Da igual que seas mamá o no, es algo aprehendido, adquirido y traspasado de generación en generación, de madres a hijas, de abuelas a nietas, de tías a sobrinas. De amigas a otras amigas, nos cuidamos, nos sostenemos de la mano, nos enjugamos las lágrimas.
He tenido amigas que agarran una escoba y se ponen a barrer mi casa conmigo. Otras que se han ofrecido a venir a llorar conmigo. O a darme la mano para que encuentre el camino si es que lo hago sola. Doy gracias al mundo por las mujeres. Y por ser mujer. Bendito regalo de la vida.
Aunque todo esto vaya de la mano con la responsabilidad excesiva, el reparto ineficiente y desigual de tareas, la incorporación tardía a un mundo laboral, mundo de decisiones vitales, mundo de leyes, mundo de gobiernos, un mundo anteriormente solo de hombres al fin y al cabo. Osea, la cruz de la moneda llamada Vida también es muy dura de llevar. Implica un llegar como más tarde al mundo. Como si nos pusieran injustamente la L de novatas para siempre. Lleguemos donde lleguemos, si se es mujer aún a veces hay como una duda, que está clara-mente ya de sobra.
Esa cruz sí que arrastrarla y que tiene espinas, algunas ya sacadas, otras por sacar. Hay en este mismo planeta, quienes creen que una mujer no tiene igual derecho a la vida, a respirar, a pensar, a hablar. Hay quienes les quitan, nos quitan, nos roban la vida (y nuestra capacidad de darla).
Y todo ello en un entorno que a veces se ve como que todo es lo meramente «normal». Qué harán ellas para que les pase eso, ¿no? ¿Acaso no había faldas más largas? ¿Acaso no sabían que no podían caminar solas a esas horas? ¿Acaso no pensaron que eso podía pasar?
Hay otro peso que no quiero dejar pasar por alto. El de ser tomada como a un objeto decorativo, incluso como a una posesión, o como a un juguete más que desear. De la cara de la belleza sale la cruz de la esclavitud respecto al aspecto. Si una mujer no se arregla, se la llama poco «femenina». Como si la feminidad fuera de la mano solo de la seducción, de un escote y unos tacones de aguja. Por favor, eso será la idea de feminidad creada en platós de películas y anuncios publicitarios de escaso argumento. ¿Acaso la intelectualidad no es femenina? ¿la música? ¿ la filosofía? ¿Acaso no hay pensadoras mujeres? ¿No las hubo?
Volvemos a dar una nueva vuelta en la espiral, más hacia dentro, hacia las rejas de nuestras cárceles invisibles, a las negaciones pasadas, presentes y futuras del éxito femenino. A los siglos borrados de nuestras historias. A los «cómo habrá llegado ahí» que huelen tan mal. A los «menuda golfa» por sabernos o creernos dueñas de nosotras mismas. Si es que ser parte de este sistema lo permitiera.
Un día fui a una visita cultural donde solamente se hablaba de las grandes mujeres de una ciudad, por sus logros tan grandes como desconocidos. Seguro que habría a quién eso le pareciera discriminación positiva, si tan solo se le da una vuelta de tuerca argumental.
Seguro que nuestro propio derecho ganado hace menos de 100 años, a votar como un hombre, y que este voyo tuviera no menos, sino el mismo peso, habría quien diría aquel entonces que era ilógico, ¿No? Vaya, discriminación positiva, que solo voten los más inteligentes, dirían ellos, que son los hombres. Para qué tanta injusta paridad.
Qué casualidad que quienes elijan a quienes son los inteligentes sean sus amigotes, o sus adeptos / zombies mentales, sub productos de un sistema que aún juzga y condena a toda mujer y toda persona que sobresalga fuera del patrón o de un estereotipo. Si por ellos fuera no existiría «paridad» tampoco en los votos. Cuanto menos en trabajos, gobiernos y en los propios hogares con sus quehaceres.
Solo trato de ridiculizar el pensamiento predominante aún en muchas personas, porque por más que sé que existe, me parece surrealista. Cómo influye ser contados desde siempre el mismo cuento.
¿Pero qué pasa? ¿Acaso hay alguna persona que no esté cansada ya de hablar?
Para qué hablar de violencia de géneros, para qué hablar de custodias y hombres ultrajados, para qué seguir re-pensando y re-creando violencias. De ningún tipo ni forma por favor. No más violencias, en general.
Ojalá este 8M o cualquier otro, sea un día en que al fin exista una evolución global, como cualquier otro día, un día en que podamos celebrar el amor, el respeto, de todos hacia todos, todas, todes o como se nos quiera llamar. Qué más da a mí la dichosa letrita si en sí misma connota rabia, desigualdad de géneros. Si no puedo ni expresar todo esto porque hay quien dirá que desvarío. Estoy exhausta de tantas diferencias, de tantas chorradas que dividen, si solo actuara todo el mundo con algo de consciencia, no habría lucha alguna de géneros, no habría conflictos ni divisiones. Podríamos ser igual marcianes que caracoles, que lo haríamos en paz armonía, sabiendo cada cual sus fortalezas y debilidades.
Basta ya de pelear, solo sumemos energías para dar un presente y un futuro mejor a los frutos de nuestro mejor regalo: LA VIDA MISMA y nuestra capacidad de darla y dar AMOR, están en juego.
Yo no quiero que nadie diga a mi hijo que sus zapatos son de niña, pero sí quiero que él aprenda a pensar, a respetar, y a quererse y valerse tal como es, sin etiquetas que enfrenten, sin luchas de géneros, sin idioteces que solo restan nuestra capacidad de SENTIR y de HERMANARNOS con los demás.
Como una buena amiga me dijo, hace poco, al hilo de hablar de toda esta desigualdad, por ejemplo en reparto de roles y tareas. Si el hombre comprendiera y sintiera realmente lo que está haciendo, en los adentros de su ser y su corazón, sin la coraza del pensamiento actual, y de a mí me va bien así, entonces y solo entonces, no lo soportaría y lloraría por dentro eternamente.
